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Pastor, tú también tienes un Pastor

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Pastor, tú también tienes un Pastor

Por Carlos I. Maysonet

Carlos I. Maysonet

Introducción

¿Cuándo fue la última vez que alguien te preguntó cómo estás, no como pastor, sino como persona? Quizá hace más tiempo del que quisieras admitir. Hay una ironía silenciosa en el ministerio: el que cuida a todos suele ser el menos cuidado.

No te escribo esto desde afuera del valle, sino desde adentro. Y desde aquí sé que las aflicciones del pastor no son abstractas. Vienen de dos lugares muy concretos, el hogar y la iglesia, y muchas veces llegan al mismo tiempo.

Algo de eso vivió el profeta Elías cuando, después de uno de sus mayores triunfos, cayó exhausto bajo un árbol y le dijo al Señor: «¡Basta ya, Señor! Toma mi vida» (1 Rey 19:4). La respuesta de Dios no fue un sermón, sino pan, agua y descanso, porque Dios conoce el peso que carga su siervo. Y tiene algo que decirte hoy a través del Salmo 23: tú también tienes un Pastor, y Él provee descanso precisamente en medio de las aflicciones, no después de ellas.

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Cuando el hogar pesa

El pastor llega a casa cargado con las heridas del rebaño, y a veces descubre que su propio hogar también tiene las suyas. Una esposa que siente que compite con la iglesia por la atención de su esposo. Hijos que crecen preguntándose si el ministerio importa más que ellos. No porque la familia sea el problema, sino porque el llamado pastoral es difícil de entender desde adentro, y porque el pastor mismo, en su cansancio, no siempre acierta a estar presente. Seamos honestos: muchas de esas heridas no solo las recibimos, también las causamos con nuestras ausencias. Pablo no ignoraba esta tensión cuando exhortó a los ancianos a gobernar bien su propia casa, reconociendo que el hogar y el ministerio no son mundos separados (1 Tim 3:4-5).

Y en medio de esa tensión real, el Buen Pastor te habla: «En lugares de verdes pastos me hace descansar» (Sal 23:2). El descanso que Dios provee no es solo espiritual; es integral: cuerpo, mente, hogar. Uno de los problemas más grandes que enfrentan los ministros es que no descansan, porque las cargas del ministerio invaden cada rincón de la vida familiar. Las preocupaciones quitan el sueño. La sensación de no ser suficiente para tu esposa, para tus hijos, para la congregación, se vuelve un peso constante.

Para esas cargas, el Buen Pastor provee reposo. Escucha hoy la voz de Jesús mismo: «Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar» (Mat 11:28). No te pide resolverlo todo primero ni esperar a que el hogar esté en orden; te pide venir. Precisamente en tu insuficiencia, la gracia de Dios se perfecciona (2 Cor 12:9). Y recuerda que tu esposa y tus hijos también son ovejas de ese mismo Pastor: no cargan solos su parte del llamado, ni la cargas tú solo. Descansa tranquilo, amado hermano: Cristo es tu descanso, también en casa.

Cuando la iglesia duele

Pero la aflicción no termina en el hogar. Afuera está la congregación, esa misma iglesia a la que el pastor entrega sus mejores horas, su energía y su corazón. Y a veces son las mismas ovejas a quienes ministras domingo tras domingo las que más pesan sobre tus hombros, con sus críticas, sus expectativas o su indiferencia hacia tu bienestar. No porque sean enemigas, pues esa misma iglesia que hiere también es, una y otra vez, instrumento de la gracia de Dios en tu vida. Pero el pastor termina sintiéndose solo en el lugar donde debería sentirse más acompañado.

Es aquí donde el Salmo 23 dice algo asombroso: «Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos» (Sal 23:5). Dios no promete eliminar la hostilidad antes de servirte; promete sostenerte en medio de ella. En medio de la crítica, Dios te alimenta. En la soledad más profunda, Dios está sentado contigo a la mesa.

Y esto no es un consuelo vacío: es providencia, ese gobierno sabio y constante con que Dios dirige todas las cosas hacia sus fines. «Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de los que aman a Dios» (Rom 8:28), y ese bien tiene un nombre preciso: ser conformados a la imagen de Su Hijo (Rom 8:29). Las fricciones con la congregación, las incomprensiones, el cansancio de dar sin recibir, nada de eso está fuera del gobierno soberano de tu Pastor. Él está obrando incluso ahí, incluso a través de eso, para hacerte más semejante a Cristo. Sí, hermano: también quienes te dan la espalda están, sin saberlo, en las manos de tu Pastor.

La esperanza que sostiene

«Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días» (Sal 23:6). Esta promesa no espera a que terminen las aflicciones; es para ahora, en medio de ellas. El bien y la misericordia de Dios te siguen hoy, en el valle, aunque tu hogar aún no esté del todo en orden y la congregación aún no te comprenda.

Tu trabajo, pastor, no es en vano en el Señor (1 Cor 15:58). Los sufrimientos de este tiempo no merecen compararse con la gloria que nos será revelada (Rom 8:18). Y mientras tanto, tienes un Pastor que nunca duerme, que nunca te abandona, y cuya copa de gracia jamás se agota. «Tu vara y Tu cayado me infunden aliento» (Sal 23:4).

No estás solo. Descansa en Él.

Publicado originalmente en nuestro Substack semanal.

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