La pregunta que nadie sabe cómo responder
Casi todo predicador ha dicho alguna vez que «la Biblia tiene respuesta para todos los problemas de la vida». Y es verdad —pero hay una pregunta que incomoda incluso a los más convencidos: ¿de dónde viene el mal? Cuando alguien la formula de verdad, desde adentro de un dolor que no termina, la respuesta simple no aparece. Y eso nos perturba.
El problema se agudiza para quienes creen en un Dios todopoderoso y perfectamente bueno. Si Él puede detener el mal y no lo hace, ¿qué dice eso de su carácter? El filósofo David Hume retomó las antiguas preguntas de Epicuro con precisión: «¿Desea evitar el mal, pero es incapaz? Entonces es débil. ¿Puede evitarlo y no lo hace? Entonces es malévolo. ¿Puede y desea? ¿De dónde viene entonces el mal?» Esa tensión ha llevado a muchos a concluir que un Dios omnipotente y amoroso no puede existir.
Sin embargo, el filósofo reformado Alvin Plantinga demostró que la existencia del mal no es lógicamente incompatible con la existencia de un Dios todopoderoso y bueno. El argumento del mal contra Dios, aunque poderoso emocionalmente, no es concluyente. Lo que sí queda en pie es la pregunta pastoral: ¿cómo vive el creyente con ese misterio? Para eso existe lo que desde Leibniz (1710) llamamos teodicea: el intento de comprender los propósitos de Dios frente al dolor.
Este artículo recorre las principales perspectivas bíblicas sobre el sufrimiento. No pretende eliminar el misterio, sino ofrecer al creyente un marco sólido para enfrentarlo con dignidad y esperanza en Cristo.

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El Sufrimiento en el Antiguo Testamento
La Caída: cuando el mundo se quebró
La primera pregunta es: ¿quién creó el mal? La respuesta bíblica es matizada pero clara. Dios creó todas las cosas, y todo lo que creó era bueno (Gen 1:31). El mal no es una criatura independiente; es la ausencia y la distorsión del bien. Entre las cosas buenas que Dios creó estaba la libertad de los seres humanos para elegir. Y esa libertad fue usada para desobedecer.
Génesis 3 narra la entrada del pecado con una historia breve pero de consecuencias cósmicas: dolor en el parto, maldición sobre la tierra, trabajo agotador, y la ruptura de todas las relaciones que Dios había diseñado para ser buenas —entre el hombre y Dios, entre el hombre y la mujer, entre la humanidad y la creación. El versículo 17 usa la expresión «por cuanto», señalando una relación directa de causa y efecto entre el pecado y el sufrimiento.
A partir de allí, la teología distingue entre mal moral —el sufrimiento causado directa o indirectamente por la maldad humana— y mal natural —terremotos, enfermedades, catástrofes— que son expresión de una creación que todavía gime esperando su redención plena: «la creación misma también será liberada de la esclavitud de la corrupción» (Rom 8:21).
La crisis de la retribución: Job rompe el esquema
Aceptar que el pecado trajo el sufrimiento al mundo tiene un riesgo: concluir que todo sufrimiento es castigo por algún pecado personal. El libro de Job existe, en parte, para desmantelar esa lógica.
Job era un hombre justo —Dios mismo lo declara así— y sin embargo perdió sus hijos, su salud y sus bienes. Sus amigos, con la mejor intención, insistieron en que un sufrimiento tan grande tenía que ser el castigo por una maldad igualmente grande. Pero estaban equivocados. Al final, Dios los reprende: «No han hablado de mí lo recto, como mi siervo Job» (Job 42:7).
Jesús confirma esta corrección en el Nuevo Testamento. Cuando sus discípulos preguntaron sobre el hombre que había nacido ciego, asumiendo que alguien había pecado, Jesús respondió: «No pecó este, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jua 9:3). El sufrimiento no siempre es castigo. Puede ser disciplina, puede ser prevención, puede ser el camino hacia una comunión más profunda con Dios. Los propósitos divinos detrás del dolor trascienden la lógica humana de causa y efecto.
El lamento: la oración que la iglesia ha olvidado
Hay un silencio extraño en muchas congregaciones: el silencio del lamento. Se canta con alegría, se ora con confianza —y eso es bueno— pero cuando el dolor no cede y la alegría no llega, el creyente siente que quejarse ante Dios es una falta de fe.
La Biblia no comparte esa incomodidad. No es accidental que en el libro de los Salmos haya más salmos de lamento que de alabanza pura. Salmo tras salmo eleva preguntas que muchos se avergüenzarían de orar: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?» (Sal 13:1). Job «gritaba violencia» y no encontraba respuesta, pero Dios no lo reprendió por gritar —reprendió a los amigos que callaban el dolor con respuestas fáciles.
Las personas que sufrieron en la Biblia clamaron en dolor precisamente porque conocían a Dios. Su lamento nació del contraste entre lo que sabían de Él y lo que estaban viendo. El lamento no es la ausencia de fe; es fe que lucha. Es la voz de alguien que se niega a fingir que todo está bien mientras sigue aferrado a Dios. Y Dios no solo comprende ese clamor: lo ha inspirado, lo ha preservado en las Escrituras, y lo escucha.
La Teología de la Cruz: El Dios que Entró al Dolor
Un Dios que no observa desde lejos
Una de las respuestas más profundas al sufrimiento no es una explicación sino una persona. El Dios de la Biblia no permanece distante frente al dolor de su creación. Desde el Antiguo Testamento se muestra un Dios afectado por la condición de los seres humanos: «Se arrepintió el Señor de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón» (Gen 6:6).
Pero la expresión más radical de esa solidaridad llega en la encarnación. El Hijo eterno de Dios —que siendo igual a Dios, se despojó de su gloria y se hizo semejante a los seres humanos (Flp 2:6-7)— no solo observó el sufrimiento; lo habitó. Jesús experimentó el cansancio (Jua 4:6), la angustia y la aflicción de corazón (Mar 3:5; Jua 11:35), la traición de sus amigos más cercanos, el rechazo de su familia, y las tentaciones del enemigo. Como escribió Donald Carson: «El Dios en quien confiamos sabe en qué consiste el sufrimiento, no solo porque sabe todas las cosas, sino también porque lo experimentó».
La cruz: donde el sufrimiento se transforma
Al final de su vida, Jesús entró en la Semana de la Pasión —literalmente, los sufrimientos de Jesús. Fue traicionado, negado, abandonado por todos, y en la cruz pronunció ese clamor que resuena a través de los siglos: «Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mat 27:46). No lo llama «Padre» en ese momento: se pone en la misma condición de todo hombre que alguna vez sintió que Dios estaba ausente.
Ese grito no es el final de la historia. Es la solidaridad de Dios con la humanidad caída llevada hasta el extremo. Cristo cargó con la separación de Dios que el pecado produce —lo que la teología llama justificación: ser declarados justos no por nuestros méritos sino por el de Él— para que esa separación no fuera nuestra condenación definitiva. «Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él» (2Cor 5:21).
El sufrimiento de Cristo —profetizado en detalle en Isaías 53— demuestra algo que cambia todo: es posible sufrir intensamente y seguir siendo parte de la voluntad de Dios. Jesús fue perfectamente obediente, perfectamente justo, y sufrió más que cualquiera de nosotros. Eso significa que el sufrimiento no es evidencia de abandono divino. Puede ser, paradójicamente, el camino por el que Dios obra su propósito más glorioso. Como lo dice Pedro: «Pues para esto fueron llamados, ya que Cristo también sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan sus pasos» (1Ped 2:21).
Conclusión: No una explicación, sino una esperanza
La teología del sufrimiento no ofrece una respuesta lógica simple a cada dolor. El origen del mal permanece en parte como misterio ante la soberanía y la bondad de Dios. Pero las Escrituras sí nos entregan verdades que sostienen:
El sufrimiento entró al mundo por la Caída, no por el diseño original de Dios. No todo dolor es castigo por pecado personal —los propósitos de Dios son más amplios y más misericordiosos que esa ecuación. El lamento es una forma legítima y bíblica de oración: Dios no se ofende cuando clamamos desde el dolor. Y la respuesta definitiva no es intelectual sino personal: un Salvador que sufrió, que murió, y que resucitó.
Por eso el creyente no enfrenta el sufrimiento con las manos vacías. Tiene la promesa firme de que «los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada» (Rom 8:18, NBLA). Esa promesa no anestesia el dolor. Pero sí lo ancla. Y en ese ancla —la resurrección de Cristo— hay dignidad para sufrir, palabras para lamentarse, y esperanza para seguir adorando.
Artículo basado en el material teológico del José Torres.
Jose Torres es originario de Monterrey, Nuevo León, y reside en Albuquerque, Nuevo México, desde hace once años. Geólogo de profesión, actualmente cursa estudios en el Southwestern Baptist Theological Seminary. Dirige el ministerio Solo Por Gracia, dedicado a la comunidad hispana con el propósito de proclamar fielmente las Escrituras. Su visión se centra en equipar a las personas para pensar bíblicamente a las diversas corrientes filosóficas actuales, manteniéndose anclados únicamente en la Palabra de Dios.
Publicado originalmente en nuestro Substack semanal.
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